Mi Posición, mi Andar y mi Actitud Cristiana No. 2

Mi Posición, mi Andar y mi Actitud Cristiana No. 2 - Efesios 4:1Escuchar audio de esta predica Efesios 4:1. Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.

Continuando con el estudio de la posición del creyente en el día de hoy estaremos enseñando sobre el andar cristiano. En la enseñanza anterior estuvimos viendo mi posición como creyente y esta tiene que ver con la palabra clave Sentar.

Nuestra experiencia cristiana no comienza con el "andar" sino con el descansar. Cada vez que invertimos el orden tenemos como resultado el fracaso. El Señor Jesucristo hizo todo para nosotros; ahora necesitamos descansar confiadamente en Él. Cuando emprendemos algo impulsados por nuestra propia energía inmediatamente nos encontramos, por así decirlo, frente a una muralla infranqueable. Sólo cuando confiamos en el Señor nos vemos conducidos en su potencia. Ef.2:6: y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. Cabe notar que cuando la Palabra dice en lugares celestiales hace referencia al reino invisible que rodea nuestra presente situación diaria, de otra manera, es la arena o la esfera donde se desarrolla la acción y la actividad espiritual.

Nuestra vida en el mundo: palabra clave: ANDAR

Aunque la vida cristiana comienza con el "sentar", siempre le sigue el "andar". Si nos hemos sentado bien y firmemente y hemos ganado fuerzas por el descanso, es entonces cuando realmente comenzamos a andar. El sentarse describe nuestra posición con Cristo en lugares celestiales. El andar es la expresión práctica aquí en la tierra de ese lugar que ocupamos en los cielos. Como pueblo celestial, nos corresponde llevar la impresión celestial en toda nuestra conducta terrenal, y esto trae consigo nuevos problemas.

Nuestro andar tiene que ver como nosotros vemos el mundo y cuál es el comportamiento que se desprende de esa visión. Es más allá que la manera como camina una persona, es como vivimos.

Este andar tiene dos componentes:

Reconocer que nuestro Padre es perfecto.

Desde el día en que Adán comió del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, el hombre se ocupó en tratar de discernir lo que era bueno y lo que era malo. A partir de allí el hombre natural se ha forjado su propio código de lo que es bueno y lo que es malo, y de lo que es justo y lo que es injusto, tratando de esforzarse por vivir de acuerdo con sus regla. De hecho ha tenido que acostumbrarse a vivir con una interpretación sesgada por causa de su naturaleza cautiva que ahora lo limita.

Desde nuestra conversión se ha ido formando en nosotros un nuevo sentido de la justicia, de manera que nosotros también, y con razón, nos encontramos preocupados por distinguir lo que es bueno y lo que es malo. Sin embargo, ¿nos habremos dado cuenta de que nuestro punto de partida es otro? Para nosotros Cristo es el Árbol de Vida. Nosotros no partimos de un concepto ético del bien y del mal: no partimos de aquel otro árbol, el de ciencia del bien y del mal. Nuestro punto de partida es Cristo, "el Árbol de Vida"; y para nosotros es todo un asunto de Vida.

Nada ha causado más daño a nuestro andar que el afán de ser justos y exigir justicia de todos los demás. De esta manera nos hemos reducido a considerar las cosas como un asunto de bien y mal. Nos preguntamos si nos han tratado ¿justa o injustamente?, y en base a esto procuramos justificar nuestros hechos. Pero eso no es la norma del creyente. Para él, el asunto es saber llevar la Cruz. Si me preguntas: "¿Está bien que alguien me dé una bofetada en la cara?" Te responderé: "Por supuesto que ¡no! Pero, ¿no será que quieres aferrarte a tus derechos?" Como creyentes, nuestra norma nunca puede ser la del "bien y el mal", sino el de la Cruz que nos ejemplifico Jesús. Mateo 16:24 nos dice: Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

El principio de la Cruz es nuestro principio de conducta. Alabado sea Dios que hace brillar su sol sobre justos e injustos. Él nos trata de acuerdo con la regla de su gracia y no con la del bien y del mal, y eso también tiene que ser nuestra norma de vida: "Perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo" Efesios 4:32. La norma del "bien y el mal" es la de todo aquel que no ha conocido a Cristo y ha entendido su sacrificio, incluyendo las autoridades terrenales. Mi vida está regida por el principio de la Cruz y la perfección de mi Padre: "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto" (Mt. 5:48).

Una hermano cristiano tenía un sembrado de arroz, en tiempo de sequía solía hacer un surco en la tierra con el azadón que producía que el agua del río llegara hasta su plantío. Su vecino tenía dos lotes abajo del suyo, y una noche abrió un boquete en la muralla que no permitía que el agua pasara a su propiedad, así que se escurrió toda el agua del arrozal de nuestro hermano. Este al ver lo que había acontecido volvió a llenar de agua su plantación, y el vecino volvió a actuar de la misma manera; y así varias veces. Al fin el hermano consultó con los demás creyentes, diciendo: "He procurado tener paciencia y no retribuir mal por mal, pero, ¿será justo esto?" Luego de haberlo llevado en oración, uno de ellos le dijo: "Si sólo pensamos en lo que es justo, pobres creyentes somos. Tenemos que hacer algo más de lo que es justo". Con este consejo quedó muy impresionado el hermano. A la mañana siguiente bombeó con su pedal agua para el arrozal de su vecino, y por la tarde para el suyo. Después de esto el agua quedó en su campo.

El vecino fue impresionado en tal forma que buscó saber la razón y muy pronto él también entrego su vida a Cristo.

Así que, no debemos apoyarnos en nuestros derechos. Porque hayamos andado la segunda milla, no debemos pensar que ya cumplimos nuestro deber. La segunda milla es tan sólo el modelo para la tercera y la cuarta. La norma impuesta es: semejanza a Cristo. No tenemos nada en que apoyarnos, nada que pedir o demandar. Sólo tenemos que dar. Cuando el Señor murió en la Cruz no lo hizo por defender nuestros "derechos"; fue gracia lo que le condujo a la Cruz. Ahora, como Sus hijos, no debemos procurar dar a los otros lo que les corresponde por justicia, sino lo que está establecido por gracia.

El sermón del Monte nos enseña que los niños adquieren la responsabilidad de hijos en la medida en que manifiestan el mismo espíritu y actitudes del Padre. Se nos exhorta a ser "perfectos" en el amor, manifestando su gracia. "Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos" Mt. 5:45.

Así es que Pablo escribe: "Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados, y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros" Ef.5:1, 2.

Por lo tanto, debemos enfrentar un desafío. Mateo 5 nos presenta un régimen de vida que bien podríamos juzgar como demasiado elevado, y en esta parte de Efesios, Pablo lo reconoce.

La dificultad está en que no encontramos en nosotros mismos la capacidad para alcanzar esa estatura, de andar "como conviene a santos" Ef.5:3. ¿Dónde, pues, se encuentra la respuesta a nuestro problema de cumplir estas exigencias divinas tan elevadas? El secreto lo encontramos, según las palabras de Pablo, en "el poder que actúa en nosotros" Ef.3:20 en un pasaje similar Col.1:29, él dice: "por lo cual también trabajo, luchando según la potencia de Él [Cristo], la cual actúa poderosamente en mí".

El secreto de este poder para andar en este mundo está en descansar en Cristo. Estamos sentados con Cristo eternamente para poder andar continuamente ante los hombres. Si abandonamos por un instante nuestro lugar de reposo en Cristo, tropezamos inmediatamente, y nuestro testimonio ante los hombres sufre un descalabro. En cambio, si permanecemos en Cristo, nuestra posición allí asegura el poder para andar como es digno de Él, aquí, sobre la tierra. Pensemos, no en un corredor participando de una carrera, sino de un hombre sentado en un automóvil: o, mejor aún, en un tullido sentado en una silla para inválidos conducida a motor. ¿Qué hace él? Anda, pero también se sienta. Y sigue andando porque se queda sentado. Su avance resulta de la posición en que se le hizo sentar. Es por cierto, un ejemplo muy inadecuado de la vida cristiana, pero en algo puede servir para recordarnos que nuestra conducta y comportamiento depende fundamentalmente de nuestro descanso interior en Cristo.

Esto nos explica lo que dice Pablo aquí en la epístola a los Efesios. Él, primeramente, aprendió a sentarse, alcanzó ese lugar de descanso en Dios. Por consiguiente, su andar está basado, no en sus propios esfuerzos, sino en la obra poderosa de Dios en él. En esto reside el secreto de ese poder interior. Por haberse visto sentado "en Cristo", su andar entre los hombres se hace posible, pues Cristo mora en él. De ahí su ruego por los efesios: "Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones" (3:17).

Lo que se vio públicamente en la vida del apóstol Pablo era simplemente la manifestación de que Dios obraba en él. Dios estaba haciendo algo adentro: estaba obrando "poderosamente en él". Fil. 2:12,13.

Una ilustración de esto es cuando una persona sea creyente o no es de carácter difícil con quien siempre tienes dificultades. Cada vez que lo encuentras dice o hace algo que te ofende o te contraría. Esto te molesta y razonas: "Yo soy creyente y debo amarle. Quiero amarle, y verdaderamente estoy resuelto a amarle". Así, entonces, oras sinceramente: "Señor, aumenta mi amor por él. Dios mío, ¡dame amor!" Entonces, dominándote y haciendo un gran esfuerzo de voluntad, te diriges a él deseando sinceramente demostrar el amor que has pedido. Pero, tristemente, al encontrarte con él algo sucede que anula todas tus buenas intenciones. En nada te ayuda su actitud, y de súbito surge todo el viejo rencor de nuevo y, finalmente, todo cuanto consigues hacer es tratarle con cortesía. ¿Qué es lo que pasa? ¿Se puede decir que estabas equivocado al pedir a Dios su amor? ¡No!, La equivocación esta en que quisiste usar el don de Dios como algo tuyo y con la fuerza de tu propia resolución, para hacer lo que Dios mismo habría hecho mediante el impulso de su propio amor a través de ti. En eso cifra la diferencia. De la misma manea acontece en todas las cosas que hemos procurado cambiar en nuestro interior, nuestro chic registra que esto se trata de hacerlo desde mis fuerzas pero no desde las de Dios, mantenerme sentado, reposado, porque será su fuerza y poder el que actué a través de mi para resistir. Efesios 4:31 Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. 4:32 Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. El poder de su Cruz es suficiente para conducir a la muerte y al sepulcro todo lo que emana de la vieja naturaleza, y nuestra responsabilidad es, no de luchar contra estas cosas, sino de confiarlas al Señor, permitiendo que su Cruz haga su obra en tu vida.

Vuelve a recordar tu lugar de reposo en el Señor; siéntate allí y deja que todas esas cosas te "sean quitadas"

En Cristo lo tenemos todo.

Cristo es el don de Dios. Fuera de Él nada tenemos que recibir. El Espíritu Santo ha sido enviado para producir en nosotros lo que es de Cristo: no a producir algo aparte o fuera de Él. Somos "fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu . . . para . . . conocer el amor de Cristo" (Efesios 3:16, 19). Lo que manifestamos exteriormente es lo que Dios primero ha obrado interiormente. Traigamos otra vez a la memoria esas palabras notables de 1 Corintios 1:30. No sólo nos puso Dios "en Cristo" sino que "Cristo Jesús . . . nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención". Esta es una de las verdades más notables de las Escrituras. El "nos ha sido hecho. . ." Si creemos esto, podemos introducir ahí cualquier necesidad y saber que Dios la ha honrado, porque el Señor Jesucristo mismo, mediante el Espíritu Santo en nosotros, nos ha hecho lo que nos falta. Nos hemos acostumbrado a considerar la santidad como una virtud, la humildad como una gracia, y el amor como un don, que deben buscarse de Dios. Pero el Cristo de Dios es, en Sí mismo, todo esto. Si le tenemos a Él, tenemos todo lo que jamás necesitaremos. Muy a menudo, en mis tiempos de necesidad, consideraba a Cristo como un Ser aparte, nunca vinculándole con las cosas de que sentía tanta falta.

Vuelve ahora a aquel hermano con quien es tan difícil andar, pero esta vez, antes de salir, dirígete a Dios de esta manera: "Señor, veo por fin que por mis medios, no puedo amarle; pero sé que hay en mí una vida, la vida de tu Hijo, y que la ley de esa vida es el amor: no puedo menos que amarle". No tendrás necesidad de esforzarte. Reposa en Él: cuenta con su vida. Entonces, y en esta misma confianza, anímate a verlo, la manifestación de su vida en nosotros es en un sentido muy real, algo espontáneo; es decir, no requiere ningún esfuerzo nuestro. La regla imperiosa no es "esforzarnos", sino "confiar": no depender de nuestra fuerza sino de la suya. Es el continuo fluir de la vida lo que indica si estamos "en Cristo". Es de la Fuente de Vida que manan las aguas dulces.

El andar como cristiano no se trata de algo aparente: vivir una vida "espiritual", hablan un lenguaje "espiritual" o adoptar actitudes "espirituales", pero todo es de nosotros mismos. Ese mismo esfuerzo que hacemos por ser, debe indicarles que algo está mal. Con gran esfuerzo se abstienen de hacer tal cosa, de decir esto, de comer aquello, y ¡cuán penoso resulta!

Ahora, nuestra vida es la vida de Cristo, manifestada en nosotros por el Espíritu Santo mismo, y la ley de esa vida es espontánea. Tan pronto como comprendamos esta verdad cesaremos de esforzarnos y abandonaremos toda simulación. Nada hay más mortífero para la vida del creyente que querer aparentar. No hay mayor bendición que cuando cesan nuestros esfuerzos por aparentar y nuestras actitudes se manifiestan con libre naturalidad: cuando nuestras palabras y oraciones, nuestra vida misma, son la expresión, no forzada sino espontánea, de nuestra vida interior.

Muchos creyentes conocen bien la doctrina pero viven vidas que la contradicen completamente. Están al tanto del contenido de los capítulos 1 a 3 de Efesios, pero no practican lo que está en los capítulos 4 a 6. Mejor sería no tener la doctrina que vivir una contradicción. ¿Ha dado Dios algún mandamiento? Reposa sobre El para obtener los recursos necesarios para satisfacer el mandamiento. Quiera el Señor enseñarnos que la norma de la vida cristiana es de extendernos mucho más allá de lo que es nuestro mero deber, a fin de que hagamos lo que le agrada a Él.

Ahora bien...

¿Qué SIGNIFICA ANDAR?

La palabra "andar" indica conducta o comportamiento, pero también da la idea de "avance". Andar significa "seguir adelante", hacia el blanco.

Esta palabra aparece en Efesios 7 veces Su significado literal es el de "caminar alrededor", y es aquí usada por Pablo en forma figurativa para representar nuestro comportamiento, nuestra conducta. Trae en seguida a nuestra consideración el asunto del andar del creyente, y esta segunda parte de la epístola se ocupa mayormente de esto. La prueba de nuestra conducta está en las relaciones, y éste es el marco dentro del cual considera el tema. Las relaciones entre creyentes, entre vecinos, entre marido y mujer, entre hijos y sus padres, patrones y obreros, son tratadas en forma muy práctica. Destaquemos claramente que el Cuerpo de Cristo no es algo remoto e irreal, que se expresa únicamente en términos celestiales. Está muy presente y es muy práctico, y se comprueba en nuestras relaciones con otros. Si bien es verdad que somos un pueblo celestial, no es suficiente hablar de un cielo distante. A menos que traigamos lo celestial a nuestros hogares y oficinas, a nuestros negocios y cocinas, y lo practiquemos allí, carecerá de significado.

Nuestro andar está ligado con el ser llenos del Espíritu Santo. En Mateo 25 el Señor habla a través de una parábola llamada las vírgenes prudentes y las insensatas, Las "prudentes" de la parábola no son las que han obrado mejor, sino las que han obrado prudentemente en las primeras horas. Observemos que las otras eran también vírgenes, insensatas por cierto, pero no falsas. Habían salido con las prudentes a esperar al Esposo. Tenían aceite en sus lámparas y éstas ardían. La diferencia está en que no habían calculado la tardanza del Esposo, y ahora el aceite en sus lámparas se les agotaba y no tenían reservas; además, las prudentes no tenían suficiente como para compartir. Algunas personas tienen dificultad en este punto con las palabras del Señor cuando dijo a las insensatas: "No os conozco". ¿Cómo podría Él decir esto de ellas, si representan Sus hijas verdaderas, "desposadas. . .como una virgen puro a Cristo" (2 Co. 11:2). Pero hemos de reconocer el énfasis de esta enseñanza de la parábola, que ciertamente hay un privilegio servirle a Él en el futuro que Sus hijos pueden perder al no estar preparados. Dice que las cinco llegaron a la puerta y dijeron: "¡Señor, Señor, ábrenos!" ¿De qué puerta? Ciertamente no de la puerta de salvación. Si estás perdido, no puedes llegar a la puerta del cielo y llamar. Por lo tanto, cuando el Señor dice: "No os conozco", sin duda, emplea estas palabras en un sentido limitado como en la siguiente ilustración:

El hijo de un magistrado de policía fue arrestado por conducir imprudentemente. Fue llevado al juzgado y pronto se dio cuenta de que su padre estaba sentado en el banco del magistrado. El procedimiento del juzgado es más o menos lo mismo por todo el mundo, y así el joven fue preguntado: "¿Cuál es su nombre? ¿Dónde vive? ¿Cuál es su ocupación?", etc. Asombrado, el joven miró a su padre y le dijo: "Pero, papá, ¿quieres decir que no me conoces?" Dando golpe en la mesa, el padre le respondió firmemente: "Joven, no le conozco. ¿Cuál es su nombre? ¿Dónde vive?" Por supuesto, no quería decir que realmente no le conocía. En casa le conocía muy bien, pero en este lugar y en este momento no le conocía. Aunque todavía era hijo de su padre, el joven tenía que continuar con el procedimiento del juzgado y pagar su multa. Sí, en verdad todas las vírgenes tenían aceite en sus lámparas. Lo que distingue a las insensatas es el hecho de que no tenían reservas en sus vasos (Mt. 25:3, 4). Como verdaderos creyentes, tienen vida en Cristo y, por consiguiente, mantienen un testimonio ante los hombres; pero no es el suyo un testimonio constante porque apenas se mantiene de un momento a otro. Tienen el Espíritu, pero no están, si así pudiera decirse: "llenos del Espíritu". En la hora de crisis se ven obligados a salir a comprar más aceite. Al fin todas tenían suficiente: la diferencia está en que las prudentes tenían lo suficiente en la hora de necesidad, mientras que las insensatas, cuando al fin consiguieron el aceite, encontraron que ya era tarde para alcanzar su propósito. Es todo un asunto de tiempo, de estar prevenidos en el momento de la necesidad, y esto es lo que el Señor busca inculcar en los suyos cuando al fin les exhorta a ser no sólo discípulos, sino discípulos alertas.

"No os embriaguéis de vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu" (5:18). En Mateo 25 el asunto no es la inicial aceptación de Cristo, ni aun la venida del Espíritu Santo sobre sus siervos para impartir los dones espirituales. Es asunto de tener reserva de aceite en el vaso, de que la luz sea mantenida brillando por todo el tiempo de espera que fuese necesario, y por medio de aquella provisión milagrosa y continua del Espíritu en nuestro interior (pues aunque en la parábola encontramos lámparas y vasos, en realidad nosotros somos, a la vez, lámpara y vaso). Y así el Señor toma las medidas necesarias a fin de que conozcamos esa plenitud ahora. "Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora" (Mt. 25:13). "Sed llenos" (plerousthe, en el griego) es la expresión poco común, empleada en este pasaje con relación al Espíritu Santo. Es un continuo y constante ser llenado por el Espíritu Santo. Se refiere, no a un solo acto, sino a un estado permanente, sino la condición en que se debe encontrar el creyente constantemente. Además, no es algo exterior, sino interior; no es asunto de dones espirituales y manifestaciones exteriores sino de la presencia personal y actividad del Espíritu Santo en nuestros espíritus, asegurando que la luz de las lámparas arda sin menguar.

Más aún, no es del todo un asunto personal. Según nos aclara el verso siguiente (Efesios 5:18 No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu,
5:19 hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones;), es algo que compartimos con los demás creyentes en una dependencia mutua. Porque el significado de ser "llenos del Espíritu" si lo analizamos bien, no sólo incluye "cantando y alabando al Señor en vuestros corazones", sino "hablando entre vosotros con salmos, con himnos y canciones espirituales". Para algunos sería muy fácil cantar solos, pero es distinto tener que cantar a compás y en armonía en un coro, cuarteto o aun en un dúo. Sin embargo, este mensaje de la unidad del Espíritu está bien establecido en la médula de la segunda parte de Efesios (4:3, 15, 16). El ser llenos del Espíritu tiene por finalidad que podamos cantar unidos un nuevo canto ante el Trono (Ap. 14:3).

Miremos al apóstol Pablo. Lo vemos consumido de ardiente pasión. Él ha visto que los propósitos de Dios están relacionados con el "cumplimiento de los tiempos" (1:10). Él es uno de aquellos que "primeramente" esperaron en Cristo descansando en una salvación que está aún por ser revelada en cuanto a su plenitud "en los siglos venideros" (1:12; 2:7). ¿Qué hace él en virtud de todo esto? Anda, sigue adelante. Y no sólo anda: corre. "De esta manera corro, no como a la ventura" (1 Co. 9:26). "Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Fil. 3:14).

Pastor: David Bayuelo E.
Agosto 2 de 2015  

 

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