Con los Ojos Abiertos

Ojos abiertos -  filipenses 3:9-11Escuchar audio de esta predica Filipenses 3:9 y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; 3:10 a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, 3:11 si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.
 
Pablo nos expone en lo versículos que estudiamos con anterioridad una serie de cosas en las que el venia caminando conforme a la justicia a través de la ley y aprendidas en el judaísmo, y tal cual él lo menciona esta manera de vivir lo hizo establecer una distinción particular que lo hacía creer que su esfuerzo o rectitud moral era suficiente para hacerse acepto delante de Dios, merecedor de su favor e incluso de su salvación.

Esta era la senda aprendida, la que él consideraba que Dios había establecido y por tanto era correcta, hasta cuando tiene un encuentro cara a cara con el Señor camino a Damasco cuando iba en persecución de la iglesia y Dios alumbra su entendimiento permitiéndole que comprendiera que lo que él venía haciendo, el cumplimiento de las obras de la ley no lo conduciría a la debida relación con su creador. De hecho en Romanos seis y siete encontramos una confesión de boca del apóstol donde dice: “Que el pecado que moraba en él lo engaño y al engañarlo lo tenía condenado a la muerte, en otras palabras, el engaño al que estaba sometido no le permitía ver su verdadera condición y cuando despertó y se encontró con su realidad descubrió que estaba muerto espiritualmente, todo esto debido al pecado que oscureció su mente. Hasta ese momento Pablo creía que había cumplido con la ley de manera irreprensible, al final del camino él se da de cara con su orgullo y auto justicia que antes de acercarlo lo habían alejado del Dios verdadero.

Cada vez que consideramos que nuestra moralidad o rectitud nos pueden llevar a calificar para entrar en el Reino de los cielos en ese mismo momento empezamos a alejarnos de la relación que el Señor espera que tengamos con él, contrario a esto él que empieza a confiar en Dios, viéndolo como el único que puede salvarnos, termina de inmediato en el camino correcto: “La verdadera justificación”

Cuando Pablo alcanza la comprensión de todo esto es cuando exclama: “Filipenses 3:8 Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”.

Ilustrando lo que él dice veámoslo de esta manera: “Es como si Pablo hubiese colocado en una balanza todos sus logros, todos su esfuerzo, todo lo que él ha podido conseguir por medio de lo que era la obediencia a la ley y de repente al conocer a Cristo, lo coloca del otro lado y pudo ver como esta se inclinó radicalmente en la dirección del Señor Jesús y todo lo que tenía que ofrecerle y entonces es cuando nos dice: “Todo esto que yo había ganado, que había puesto de este lado de la balanza, lo considero como basura”.

Pablo ahora nos va hablar de lo que implica conocer a Cristo, Él entendió que no podía incluir a Cristo como parte de su vida y mucho menos tenerlo como la meta de su vida, mientras estuviera tratando de alcanzar la presencia de Dios por medio de sus obras.

En estos tres versículos el apóstol explica toda mi salvación de principio a fin de forma literal, aunque parecen cortos estos versículos están llenos de contenido. El versículo nueve habla de mi justificación, el versículo diez habla de mi santificación y el versículo once de mi glorificación y esta es toda nuestra salvación de principio a fin, desde el momento en que entramos en el Reino de los cielos, hasta el momento en que somos glorificados en la presencia del Padre.

1. La justificación mal entendida lleva a los hombres al infierno.

Filipenses 3:9 y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe;

Pablo no tenía una comprensión correcta de la justificación y esto lo estaba arrastrando al infierno, pero por la gracia de Dios no paso de esa manera porque Cristo se le atravesó. En este versículo hallamos la descripción del comienzo de mi salvación, lo que teológicamente conocemos como justificación. No podemos ser salvos si no somos justificados primero. La pregunta es: ¿Cómo soy yo justificado?

El primer día cuando vinimos a Cristo con convicción de pecado arrepentidos y Dios nos perdona, dos cosas sucedieron. Lo primero el Señor nos declara justos, removiendo la pena que pesaba sobre nosotros y lo segundo es que nos imputó la rectitud moral de Cristo, la santidad de Cristo, de tal manera que a partir de allí fuimos tratados como si hubiéramos vivido la vida de Cristo, como si hubiésemos cumplido la ley por completo y eso solo se adquiere por gracia, por medio de la fe.

Un día todos los hombres estaremos frente al Señor divididos en dos grupos, en uno de esos grupos estarán los que van a argumentar cosas como; “Yo no mate a nadie, yo no adultere, yo no robe” y contando con esa rectitud que aparentemente ellos cultivaron querrán entrar al reino de los cielos, mientras el segundo grupo estará diciendo: “Yo no tengo por mi mismo ninguna rectitud capaz de hacerme entrar al Reino de los Cielos, pero he venido por los méritos de Cristo y contando con su rectitud, que ha sido cargada a mi vida, eso es todo lo que yo necesito”

Esto es lo que acontece con todas las religiones establecidas por los hombres, ellas guardan la consideración que la justificación frente a sus deidades puede ser lograda a través de sus obras “Buenas o sacrificiales”, aquí se halla la clave fundamental para comprender porque fue necesario que Cristo a través de su obra perfecta sacrificial en la cruz, alcanzara la justificación debida frente a su Padre.

Romanos 5:1 Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. El mérito es solo de Jesús, todo lo que nosotros ofreciéramos por grande que fuera iba a resultar nulo delante del Padre para alcanzar su justificación, lo único que podíamos ofrecer era nuestra fe que también es un regalo de Dios.

Esto desmitifica un montón de cosas; entre ellas que no debemos volver nuestra relación con Dios como la acumulación de obras que surgen de nuestro esfuerzo humano: Debo orar, debo leer la Palabra, debo congregarme, debo pagar mis diezmos y ofrendas, debo amar a mi hermano, debo perdonar, si lo hacemos de esta manera estaremos quitándole la suficiencia al sacrificio de Cristo, todo esto lo hacemos pero por el esfuerzo que el ya hizo. Es por esto que no podemos hacer una comparación en nuestro nivel de relación con Dios en torno a mis hermanos, porque estaría diciendo que mi esfuerzo me ha llevado más alto que los demás y no fue nuestro sacrificio fue el de Cristo.

2. La ceguera del pecado nos hace ver distorsionada la justicia.


Filipenses 3:4 Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: 3:5 circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; 3:6 en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.

Pensemos en que es justicia y su mejor definición es rectitud moral.

Pablo hasta antes de ir camino a Damasco en persecución de los cristianos no había entendido la verdadera justificación, su ceguera espiritual lo condujo a creer que él podía cumplir con la ley, él había llegado a creer que había logrado la rectitud moral suficiente como para poder llegar al cielo con sus propios esfuerzos lo mismo que los escribas y los fariseos estaban haciendo hasta que el Señor un día le dice a sus discípulos: “Si vuestra justicia o rectitud moral no fuese mayor que la de los Escribas y Fariseos no podrán entrar al Reino de los cielos”. (Mateo 5: 20) Esta afirmación hecha por Jesús dentro del sermón del monte debió dejar loco a sus discípulos quienes tenían por referente a estos supuestos “Separados”.

Pablo descubre que la razón primordial por la cual los hombres no podemos entrar al Reino de los cielos por nuestra rectitud moral o cumplimiento de la ley, es porque todos mis pensamientos, intenciones y motivaciones están permeadas por el pecado y por tanto teñidas de pecado y de esa manera yo no puedo pasar el escrutinio de la justicia de Dios. Isaías 64:6 Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.

Pablo pierde su esperanza en la ley para su justificación y adquiere una nueva esperanza en Cristo por la fe para su salvación y eso es algo que es vital porque la justicia que él venía cultivando por medio de la ley lo iba a dejar fuera del Reino de los cielos y él no lo sabía. Y la realidad es que muchos que piensan hoy están dentro la realidad es que están fuera.

3. La ley no se nos dio para justificarnos, ni para meternos en el Reino de los Cielos.


Gálatas 2:16 sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.

La ley nos fue dada para que reflejara el carácter de Dios, como un espejo refleja nuestra imagen. Lo que la ley hace por un lado es reflejar el carácter de Dios y de esa manera queda al descubierto mi carácter pecaminoso y la absoluta incapacidad de poder cumplirla, lo que me lleva a reconocer la necesidad de un redentor. Romanos 4:15 Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión.

Debemos entender que la ley Jamás tuvo la intención de darme vida mira lo que dice Gálatas 3:21 ¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley.

El día que vengo a Cristo y el me perdona en base a la obra de la cruz hay dos cosas que ocurren; Por un lado Dios nos declara justos sin serlo, Él me ha descargado de mi pecado y eso es parte de mi justificación, pero por otro lado eso me deja en un terreno neutral, yo todavía no tengo santidad suficiente y por eso hay otra imputación; Cristo carga a la cuenta de mi vida la santidad como si yo la hubiese ganado y entonces soy visto delante de Dios como justo sin serlo. Por eso es que el apóstol dice: “Yo quiero ser hallado en Cristo, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe. “Esa es la justicia que yo necesito tener” (Filipenses 3: 9)

Conclusión

EL MISIONERO David Morse esperaba sobre un muelle en la costa occidental de la India. Al momento se rompió la superficie del agua y apareció un anciano pescador de perlas que llevaba entre los dientes una madreperla enorme. Subió al muelle, abrió la ostra y sacó una perla bellísima.

Qué hallazgo, Rambau! ¡Una fortuna! —exclamó Morse. Pero el pescador se encogió de hombros. — ¿Y qué? ¿Ha visto usted otras más bellas? — ¡Oh, sí! Tengo una… —se interrumpió el anciano como si le faltara voz—. Mire los defectos de esta: esta manchada aquí, esta pequeña brecha… y es demasiado alargada. Es bella, sí, pero hay mejores.

Es usted demasiado exigente —protestó Morse—. Yo la encuentro perfecto. —Pues, es como ustedes dicen, que para sí, la gente se ve perfecta, pero Dios la ve como en realidad es. Siguieron conversando mientras caminaban por la carretera polvorienta hacia la ciudad.

Es cierto, Rambau. ¿No ve usted que Dios nos considera a todos imperfectos ante su presencia, y nos ofrece una justicia perfecta a todos los que simplemente creen en su Palabra y aceptan su salvación gratuita?

No, no lo puedo creer. Ya le dije muchas veces: es demasiado fácil. Su religión tiene muchas cosas buenas, pero eso no lo puedo aceptar. De pronto soy demasiado orgulloso, pero tengo que ganar mi lugar en el cielo. De otro modo me sentiría mal.

Rambau —respondió Morse, quien venía orando por él ya durante muchos años—, ¡no piense usted llegar al cielo así! Hay un camino único: Cristo. No es lo que nosotros hagamos. Es usted anciano ya; quizá se acercan sus últimas pescas de perlas. Para que se le abran las puertas perlinas del cielo debe usted aceptar la vida nueva que Dios le ofrece en su Hijo Jesucristo.

Cierto que esta es mi última temporada —respondió Rambau—. Hoy fue mi último buceo. Llega el fin del año y debo prepararme para el año entrante.

Precisa que se prepare para la vida futura.

¡Exacto! ¿Ve usted aquel hombre? Es un peregrino. Anda descalzo, pisa las piedras más agudas, y se arrodilla a cada pocos pasos para besar el suelo. Yo también voy a comenzar mi peregrinaje el primer día del nuevo año. Voy a Delhi de rodillas. Lo he planeado toda mi vida. Me aseguraré del cielo.

 ¡Hasta Delhi! ¡Pero son más de 1.500 kilómetros! A su edad no lo resistirá.

¡No importa! Tengo que ir. Habrá que sufrir pero será grato, pues me permitirá ganar el cielo.

Rambau, mi amigo, no lo haga, ¡se lo suplico! Jesucristo murió para darle el cielo. El anciano buzo meneó la cabeza. —No tengo a nadie más querido que usted en esta tierra, amigo Morse. Desde hace muchos años se ocupa de mí; me cuidó en mi enfermedad, me ayudó en la necesidad. Pero nadie, ni usted siquiera, me puede quitar el gran deseo de obtener la vida eterna. Tengo que ir a Delhi…

UNOS DÍAS MÁS TARDE, Rambau llamo a la puerta de Morse. —Venga a casa, que quiero mostrarle algo.

Con gusto —respondió Morse—. Pero le dolió el corazón cuando el anciano le dijo al acercarse a la casa: —Entre ocho días me voy para Delhi—. Hizo sentar al misionero en la silla donde tantas veces se había sentado explicándole el único camino de salvación. El pescador le puso delante un estuchito para joyas.

Aquí guardo algo desde hace muchos años. No sabía usted que yo tuve un hijo, pescador de perlas también, el mejor en la costa de la India. Se zambullía como maravilla, tenía la vista más aguda, el brazo más fuerte, el aliento más poderoso. Era mi gozo, mi orgullo. Soñaba con hallar la perla más bella jamás encontrada… y un día la encontró. Pero ya había estado demasiado tiempo abajo. Subió con la perla, pero murió poco después. Esta perla se la obsequio a usted, mi mejor amigo—. Abrió la cajita, y de entre su envoltura de algodón sacó lentamente una perla enorme, de valor inmenso.

Morse se quedó pasmado de admiración. — ¡Qué maravilla, Rambau!

Sí, es perfecta.

Un pensamiento se apoderó del misionero. Miró intensamente a su viejo amigo. —Rambau, la perla es bellísima. Se la compro. Le daré 10.000 dólares.

¡Ah, Señor Morse! ¿Qué dice usted? —Quince mil, veinte, o más. Lo que sea necesario. Me sacrificaré por tenerla. —Amigo Morse, —dijo Rambau, indignado—, esta perla no tiene precio. Nadie en el mundo tiene suficiente riqueza como para pagar su valor para mí. No la cederé ni por millones. No se la vendo. La puede tener sólo como regalo, porque usted es mi amigo.

El anciano bajó la cabeza y todo su cuerpo se estremeció silenciosamente. —La he guardado siempre, pero ahora me voy, y quién sabe si volveré.

No, Rambau. Aunque la deseo, no la puedo aceptar así. Quizás sea muy orgulloso, pero es demasiado fácil. Necesito pagar o trabajar para adquirirla.

¡Usted no me entiende! ¿No ve? Mi único hijo murió por tener esta perla. Su valor está en la vida de mi hijo. No la puedo vender; sólo regalarla. Por favor, acéptela como muestra de mi amistad.

Conmovido, el misionero calló. Tras una pausa tomó la mano del anciano. —Rambau, ¿cómo no ve usted? Lo que le dije es lo que usted le dice a Dios; y usted me dice lo que Dios le dice a usted sin cesar…

El pescador fijó una larga mirada en su amigo. Lentamente empezaba a entender…

El misionero siguió: —Dios le ofrece un regalo tan grande y preciado que nadie puede comprarla. Miles de millones no bastarían. Nadie es tan bueno como para merecerla. A Dios le costó la vida de su Hijo único para abrirle entrada al cielo. Ni con consagrarle miles de años y cientos de peregrinajes podría ganarse la salvación. Sólo puede recibirla como señal del amor de Dios hacia nosotros los pecadores. No tiene usted que decir nada. Yo acepto su perla con humildad y pido a Dios que sea digno de su amistad. Y, ¿no quiere usted aceptar humildemente el gran don de Dios, sabiendo que su Hijo tuvo que morir para poder regalársela?

Lágrimas corrían por la cara del anciano. —Sí, ahora veo. Hace dos años que reconozco el valor de la enseñanza de Jesús y creo en él, pero no podía aceptar una salvación gratuita. Ahora entiendo. Hay cosas que no se pueden comprar ni ganar; no tienen precio. ¡Con agrado recibo el don de Dios!
 
  
 
Pastor: David Bayuelo
Agosto 10 de 2018

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